domingo, 12 de junio de 2016

"La alborada del 12 de Agosto" Por José Luis Muñoz Azpiri (h)

"La alborada del 12 de Agosto"

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)








"No hay un solo ejemplo en la historia que pueda igualar a lo ocurrido en Buenos Aires, donde, sin exageración, todos sus habitantes, libres o esclavos, combatieron con una pertinacia que no podía esperarse ni del entusiasmo religioso o patriótico, ni del odio más inveterado e implacable (...) América del sur no será nunca conquistada por Inglaterra, porque sus habitantes nos profesan un rencor increíble."
General J. Whitelocke (testimonio de su defensa ante el Consejo de Guerra)
"Jamás había podido creer que hubieran podido ser tan implacablemente hostiles, como por cierto lo eran. Excepto un contrabandista que era, según creo, portugués de nacimiento, no creo que haya habido un solo hombre realmente adicto a la causa británica en la América española" General L. Gower (lugarteniente de Whitelocke)

Los jefes británicos no exageraban; Buenos Aires había reconquistado su soberanía en 1806 y 1807 a un precio superior a las 2.000 bajas, casi el 4 por ciento de su población total.
Era el epílogo de casi tres siglos de abiertas hostilidades entre España y Gran Bretaña, que si en Europa conocieron algunos períodos de tranquilidad, en América no se los vislumbró desde los albores de la Conquista.
Frente a la ejemplaridad anglosajona, España fue durante cinco siglos la gran ausente en los campos del saber, la virtud y la belleza. Durante cinco siglos, hasta hoy, pues si Toynbee desconoce su significación en la obra occidental de la cultura, la Universidad de Harvard, en la edición de sus Clásicos, sólo incluye el nombre de Cervantes por resultar excesiva su omisión. 
Mas si España no existe en la perspectiva histórica anglosajona es porque representa cuanto ellos detestan: del catolicismo y Felipe II a la delantera en la carrera moderna de los imperios; del monopolio comercial a la comida que no les cae bien en el estómago; de la siesta a las corridas de toros. Entre las naciones del occidente europeo España encarna sus contravalores, pues frente a las virtudes puritanas de templanza, tolerancia, libertad y amor al trabajo ¿qué tiene que hacer España,salvo avergonzarse de su pasado y confiar en el milagro de su regeneración? "La leyenda negra del despotismo, duplicidad y crueldad española  -  escribe Arthur P. Whitaker -, creó un prejuicio muy extendido hacia los hispanoamericanos que eran, y así se hacía notar,tan españoles como americanos, mayoritariamente católicos como protestante era el pueblo de Estados Unidos, y eso en tiempos en que los protestantes norteamericanos consideraban al catolicismo romano y al oscurantismo como conceptos virtualmente sinónimos.
Durante los siglos XVII y XVIII, por no decir que también en el siglo XX y en el actual, los angloamericanos fundaron su versión sobre España y su colonización americana en los libros de Las Casas,Daverant, Marmontel, Robinson, Raynal, Voltaire y Rosseau, verdaderas aguas fuertes al rojo y negro sobre su presencia en el Nuevo Mundo,así como los españoles pudieron fundar la suya en la persecución de los cuáqueros disidentes, flagelados y marcados a hierro en Massachussets entre 1656 y 1662; en los pillajes y crímenes que sufrieron los pieles rojas, o en las 32 infelices histéricas que fueron quemadas vivas en Salem, acusadas de practicar brujería. Claro que la historia no puede analizarse en esa perspectiva, fuera de contexto y bajo los efectos de prejuicios totales y medias verdades,más en esa forma la escribieron ellos, y su versión prevalece desgraciadamente. Versión fundada en enemistad, tan arraigada que mejor le cuadra el nombre de odio histórico.
De una comedia inglesa - Dick of Devonshire - escrita en 1625, Philip Powell reproduce un texto revelador: "Jamás podría yo descubrir de qué raíz comenzó a engendrarse el grande y fecundo árbol del odio de España hacia nosotros y de nosotros hacia España". Como recurso poético la duda puede pasar, más históricamente la raíz del odio fue religiosa, política y comercial, todo ello en el marco de la contrarreforma española y la lucha por la supremacía marítima y colonial. Es un hecho que la derrota de la Armada Invencible, en 1588, produjo un viraje radical en la historia de occidente,consagrando las instituciones inglesas y degradando las españolas por los siguientes 500 años. Junto a los arrecifes ingleses naufragaron no solo las naves de Felipe II sino toda una Weltanschauung.


















Maltrechos los conceptos religiosos, personales y sociales de la vida a la manera de los españoles, era natural que todavía en el siglo XIX se hablará en Estados Unidos de la "unión perversa de tres plagas"para cargar el acento sobre la Iglesia Católica, "autora de la matanza de los inofensivos albigenses, de la masacre de San Bartolomé y de la destrucción de los inofensivos naturales de la América del Sur", víctimas del fanatismo y la crueldad. Fanatismo y crueldad hermanados en el alma española, como dirá años más tarde el doctor Robinson, otra de las autoridades anglosajonas en asuntos hispanoamericanos: "Los fanáticos han sido y serán siempre crueles,pero cuando vemos al despotismo civil aliado con la intolerancia religiosa no podemos maravillarnos de que la índole de los españoles sea engreída y rencorosa tanto individual como nacionalmente. Así las cosas, no puede sorprender que un profesor de Oxford escriba en 1964! que "el sadismo distingue a la vida española a través de los siglos. (Cecil Roth, The Spanish Inquisition).
La obra americana de España se planteaba en los términos de la Leyenda Negra, extremando "la condición abyecta" de los colonos durante más de tres siglos, y la esclavitud de los negros "que no han padecido mayor opresión en parte alguna", tan despótica, agregaba un periódico de Virginia (American Star) "como cualquier opresión pueda darse en Asia, clásica y famosa región del despotismo". Por cierto que no arredraba al editor levantar tan filantrópica bandera mientras en sus páginas anunciaba la venta de hombres, mujeres y niños negros, subasta en la que harían buen negocio sin renunciar a sus virtudes.
En cambio los codiciosos, crueles y fanáticos españoles...Algunos autores anglosajones se tomaron el trabajo de proporcionar el número exacto de ajusticiados por el Santo Oficio, más omitieron que los aborígenes no estuvieron sujetos a la jurisdicción del Tribunal en los dominios americanos de España. Dejaron ese honor para el ya citado Cecil Roth quien explica que si los indígenas quedaron a salvo de las hogueras fue " con base en la teoría que hallándose tan abajo en la escala humana no eran capaces de recibir la fe, teoría también adecuada para justificar las atrocidades que con ellos se cometieron". Nueva confirmación que los españoles no pegaban una, pues de someter a los indios al Santo Oficio habrían sido bárbaros insensatos, y al no hacerlo resultaron más crueles aún, pues les tuvieron por incapaces de recibir la fe.
Dicen los amantes de fútbol,que sea como sea la actuación, al referí siempre lo chiflan Decía el escritor inglés Philip Guedalla que la Argentina procedía con impropiedad al quejarse de Londres por las Invasiones Inglesas ya que el almirantazgo británico le había rendido a nuestro país "el supremo homenaje de la invasión". Así era en verdad. 
Otras naciones habían venido a integrar el imperio de la reina Victoria sin el uso de las armas. Se trata de un toque de "humour" de un ilustre egresado de Oxford.
Beresford y Whitelocke invadieron el Plata en 1806 y 1807. En dicha época -dato que se olvida- Inglaterra estaba en guerra con España.
El conflicto surgió cuando el Reino Unido hundió cuatro fragatas que venían de América; en el lance desapareció la entera familia Alvear (quizá en virtud de dicho episodio, el general Carlos María ofreció entregar el país a Inglaterra en 1815). Al año siguiente,1805, España unió su escuadra a la de Francia y ambas fueron derrotadas en Trafalgar. Dato acaso igualmente ignorado: todos los almirantes del encuentro, Nelson, Villeneuve, Gravina, Alcalá Gallano, Churruca,murieron en su puente de mando o como resultado de la batalla. Y todos con uniforme de gala como fue costumbre marina en los combates navales hasta la batalla de Tsuchima en 1905. En 1808, Napoleón invadió a España. La aventura originó dos grandes errores. Primero, el hundimiento del Imperio napoleónico como reconoce en el Memorial de Las Casas el propio prisionero de Santa Elena; España fue el Moloch que devoró las mejores fuerzas imperiales durante cuatro años. 















El segundo error nació de la naturaleza del hecho: España se alió con Inglaterra, su enemiga natural desde la época de la Armada Invencible. Todos los indicios actuales enseñan que las conveniencias españolas de entonces se orientaban a apoyar los intereses del bloqueo continental decretado por Napoleón. En el plano concreto de los hechos observamos que los ejércitos de Wellington saqueaban a la Península ("mis tropas son la hez de la tierra", confiesa el propio Duque de Hierro) mientras las naves vencedoras de Trafalgar impedían a la flota española comunicarse con sus colonias o reinos de América. Un millón de muertos inútiles suscriben esta equivocación ibérica. 













Don Santiago de Liniers, Héroe máximo de la Reconquista de Buenos Aires.
¿De qué valió la resistencia de Liniers - se pregunta Guedalla - si al año siguiente de la derrota de Whitelocke, la Argentina debía ser forzosamente aliada de Inglaterra? En caso de haber triunfado los ingleses en el asalto a Buenos Aires, la plaza tenía que ser restituida a Carlos IV en el mismo año, 1808. Esto ya no es un toque de "humour". Es una nota de candidez o cinismo. Las Malvinas fueron ocupadas en plena paz en 1833 y todavía no han sido restituidas. Si las tropas del aliado Wellington saqueaban Galicia, Castilla y el País Vasco, es de suponer lo que no harían las del aliado Whitelocke en las Indias meridionales. Se habrían cargado hasta con los ombúes.El criterio revisionista en el tema histórico argentino no debe aplicarse tan solo a la Leyenda negra, es decir, a las calumnias contra España, o a la leyenda roja, la denigración de Rosas y los caudillos, sino a todo nuestro pasado íntegro desde la llegada de Solís al Plata. La historia de que el almirante Home Pophan procedió espontáneamente a invadir a Buenos Aires sin conocimiento ni autorización del Almirantazgo no puede hoy día sostenerse. Fue esa una batería inventada por el Foreing Office para consumo personal de las escuelas elementales del Reino Unido y la República Argentina.























El ataque se aguardaba en Buenos Aires desde 1797, según anuncian oficios reservados al Rey conservados en nuestro Archivo General de la Nación. El general venezolano Francisco de Miranda trabajaba en Europa desde 1790 para emancipar a América de España bajo patronato inglés. Entre 1796 y 1802 las gestiones se intensificaron. En 1803 fueron intermediarios de la negociación de Miranda el vizconde Melville, primer lord del Almirantazgo y nuestro amigo Popham, quién conferenció con el primer ministro William Pitt y preparó una memoria oficial al respecto.
La invasión de América por parte de Popham y Miranda estaba decidida en 1804 pero el proyecto respecto del Plata debió ser postergado hasta 1806. Miranda invadió Venezuela tiempo más tarde con uniforme de general francés; fracasó en su intento y fue entregado a los españoles por Simón Bolívar en un episodio cuya legitimidad todavía se discute. Las notas de los amoríos y las sociedades secretas se repiten en la estrofa de esta vida revolucionaria. Han aparecido oficios del conspirador en la correspondencia del Cabildo de Buenos Aires publicada por nuestra facultad de Filosofía y Letras.Las ideas felices tienen muchos padres; las desdichadas, ninguno. La observación extrema sus matices crueles en la historia inglesa.Escribe un testigo de estos hechos que, más de una vez, en el curso del siglo diecinueve, los gobiernos ingleses han lanzado a peligrosas aventuras a individuos sacrificados de antemano. Si el asunto salía bien se le recompensaba y se anexionaban los territorios conquistados por su locura. Si salía mal y hacía gritar demasiado alto a Europa, los desautorizaban y abandonaban a su surte. 
"Esto puede parecer duro - repite el relator - pero el bien del Reino constituía entonces la
ley suprema. Las demás naciones estaban contra Inglaterra...Y es un honor que Inglaterra encontrara siempre hombres prontos a jugar ese juego terrible". El increíble Popham no fue más que un peón avanzado,sin gran esperanza, en el tablero sudamericano.
Los jefes lo conformaron con parte del saqueo de los caudales del Fuerte y el suculento "situado" que acababa de llegar a Buenos Aires desde el Perú, una suma personal y global de seis mil libras mientras que Sir David Bair que no había hecho nada, fuera de prestar el "71" para el lance, se quedó con sesenta mil. La polémica entre los jefes apareció registrada en el diario "The Times" del 11 de junio de 1807. Ni una sola libra del saqueo pudo recuperar Buenos Aires. Entendemos que tales liviandades formaban parte del código militar de la época. No podemos, por lo tanto, de calificarlas de piráticas.Tampoco podemos llamar aventura "corsaria", como se la ha juzgado comúnmente, a los asaltos rioplatenses de Popham, Blaird, Beresford,Crawford y Whitelocke. Fueron operaciones militares legítimas; en dicho tiempo los reyes de Inglaterra y España estaban como decimos en guerra. No sucedió así durante la toma de Panamá por Henry Morgan, aventura de la cual se avergüenza hasta la Enciclopedia Británica, ni en el abordaje a las Malvinas, en plena paz con la Argentina y España y a los ocho años de haber reconocido Jorge III la independencia Argentina. Aclaremos que la palabra "pirate" no es ofensiva en inglés; en cambio, lo es mucho, el término "beggar", es decir, mendigo. Cada cual esgrime la moral de su oficio. España fue una nación opulenta hasta el siglo XIX; era por lo tanto razonable y lícito saquearla. Después prohijó pordioseros en demasía; para los grandes escritores de España es lo mismo ser rey o mendigo; todo depende del caudal de dignidad con que se asumen tales funciones.
Robar no es delito en la época moderna, por lo menos en la esfera del derecho internacional; parecería serlo en cambio, la evangélica actividad de pedir limosna. El juego es simple: quien muere pierde. Y quien perdió fue España.














El día 12 de agosto, todos los años, la Argentina recuerda los acontecimientos relacionados con el rechazo de las dos invasiones inglesas de 1806 y 1807 por parte de las fuerzas criollas he hispánicas del virreinato del Río de la Plata Una población heterogénea adquiere entonces el concepto cabal de "pueblo".
El cantor del Himno, Vicente López, lo proclama en "El triunfo argentino", obra compuesta en 1808. Allí se habla de españoles,nativos, pardos, morenos, mestizos, etc. Se habla también del "gran pueblo", del "heroico jefe de la patria amada" (Liniers), de la"capital bella" (Buenos Aires), de los "héroes de la inmortal Albión envilecidos con el estupro, asesinato y robo", de la "matanza de ancianos infinitos" y de la conveniencia que en lo sucesivo: "el anglo en cuanta lid intente humille su cerviz al argentino" En el parte que el Cabildo de Buenos Aires envió al rey Carlos IV sobre la defensa de la ciudad contra la segunda invasión inglesa, del 29 de julio de 1807, se dice que toda la población estuvo dispuesta a morir "por la religión, por el rey y por la patria (sic), y que "al pueblo sin discusión de clases es a quien debe (el Rey) la victoria, y es el que sin auxilio de tropas ha hecho este servicio a V.M.". En el mismo documento se lee que fue "increíble el gozo que se difundió entre los habitantes de este país" al presentarse "la numerosa escuadra de más de ochenta velas". El contento era "universal. Y el "anciano, el joven, el rico, el pobre y aún el infeliz esclavo ansiaban por tener parte en la defensa": Buenos Aires recibía con holgorio al extranjero invasor, como ha sucedido en posteriores ocasiones, pero en este caso particular y melancólico es porque iba a tener ocasión de matarlo.




lunes, 6 de junio de 2016

“1492. Una polémica estéril” Por José Luis Muñoz Azpiri (h)


“1492. Una polémica estéril”

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)









Dentro de pocos meses se conmemorará un nuevo aniversario del Descubrimiento de América, con el cual comenzó una nueva etapa de la historia, y digo “Descubrimiento” y no “Encuentro de Culturas” u otros términos novedosos creados por mentes hipersensibles y acomplejadas porque, como bien dijo alguien, el término Descubrimiento en la acepción dada en el siglo XV quiere decir “incorporación en la sociedad cristiana de hombres y naciones que no lo estuvieran”. Los países descubiertos, por tanto, no significa que fueran salvajes o primitivos; es más Colón buscaba el Cipango y el Catay de Marco Polo, precisamente culturas y naciones superiores a la Europa renacentista. Lo que el término quiere decir es su “incorporación” a la cultura occidental.


En esta etapa renacentista la historia se caracteriza por la universalidad de conocimientos de todas las tierras, por el mercantilismo y el colonialismo que nos llevarían a un proceso histórico-cultural-científico que es consecuencia de esta etapa y que a la vez inspira nuevos descubrimientos de lugares o cosas que se ignoraban. En el siglo XV se sabían muchas cosas pero se ignoraba la dimensión del globo terráqueo y más de la mitad de la tierra era incógnita. ¿Hasta donde abarcaba Asia? ¿Dónde ubicar el imperio del Gran Khan de los tártaros? ¿Existía el Preste Juan de las Indias? ¿Cómo cruzar la zona tórrida del Ecuador? ¿Cómo se mantendrían de pie los “antípodas” dos siglos antes de ser explicado por Newton?
Estas consideraciones no explican por qué todos los 12 de octubre, una suerte de corte de los milagros compuesta por lacrimógenos cantautores de protesta, pseudo historiadores devenidos en figuras mediáticas y autoproclamados representantes de “organizaciones populares” que manifiestan con intolerancia sus proclamas “tolerantes”, reiteren el grito fúnebre por la Arcadia perdida, la “tierra sin mal” del buen salvaje de Rosseau. Esta campaña, cuyo origen y características no alcanzamos a comprender, y que algún día habrá que estudiar en una sociología de la cultura, con un análisis semántico de sus principales argumentos, no tiene un propósito científico. Pero lo inimaginable, por anacrónico, es que desde organismos estatales se prosiga en el intento de exhumar, con cinco siglos de retraso, el libelo de una Leyenda Negra, que la moderna historiografía ha demolido desde el siglo XVIII, con la obra de William Robertson y posteriores eruditos.
Aunque no es de extrañar que en el paroxismo del uso y abuso de la categoría “derechos humanos”, cualquier improvisado se permita ejercer una cacería de pulgas, un revisionismo de quiosco referente a hechos del pasado, para reemplazar la historia por la antropología y establecer paralelismos peligrosos entre épocas y culturas diferentes. Las poblaciones edifican sus culturas no en aislamiento sino mediante una interacción recíproca que, salvo contadas excepciones, jamás fueron pacíficas. La conquista ibérica no tuvo diferencia alguna con la conducta de otros imperios en la historia del mundo: estuvo repleta de asesinatos, explotación, reubicación forzosa de poblaciones y destrucción de culturas enteras. No obstante, su marco moral tuvo una diferencia radical, España fue la única nación en la historia que se autoincriminó.




Lo verdaderamente sorprendente es que la España de entonces, haciendo uso de una libertad de expresión que aún causa admiración, quedase dividida en dos bandos antagónicos: los partidarios de la política colonizadora preconizada por Sepúlveda y los partidarios de la preconizada por Las Casas; y entre ambos, la Corona neutral. Es más, Las Casas logró que las universidades de Alcalá y Salamanca no autorizasen la publicación del Demócrates Segundo de Sepúlveda, a pesar de que este libro constituía la apología oficial de la colonización.
En este estado de cosas, muy prudentemente el Emperador decidió convocar una “Junta de teólogos y juristas” en Valladolid (1550-1551) para que en ella ambas partes contendientes midiesen sus armas, lo que equivalía poner a discusión la justicia de una guerra que el propio Emperador estaba llevando a cabo en América. Es más, en espera del resultado de las deliberaciones de la “Junta”, la Corona decidió interrumpir toda guerra de conquista en el Nuevo Mundo, medida que efectivamente fue puesta en práctica. El sentido humano de la colonización fue oscurecido por la critica lascasiana, a su vez debido al mismo humanismo de los españoles.
Las Casas fue nombrado oficialmente “Procurador y Protector Universal de los Indios” con un sueldo anual de 100 pesos de oro. Este cargo de “Protector de los indios”, institución típica de la Corona de España, en tanto que colonizadora, tenía por misión la defensa de los colonizados indígenas y la denuncia, con el consiguiente castigo, ante la Corte de toda clase de abusos de que aquellos fueran objeto por parte de los colonos.
Si Francia, durante la guerra de liberación argelina tuvo en Sartre a un lúcido y valiente acusador de los sistemas represivos coloniales, España ya había tenido a un Sartre más colérico y combativo en la figura de fray Bartolomé de Las Casas. La diferencia consiste en que Sartre denunció los crímenes de los colonialistas franceses en un momento en que las colonias se desplomaban por todo el mundo, mientras que fray Bartolomé las condenó cuando el moderno proceso colonial se iniciaba.
Como se ve, el “curro” de los derechos humanos viene de larga data, anterior inclusive a la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, pero hete aquí que fue inventado por la “sangrienta nación de los papistas” al decir de los detractores de antaño y hogaño.
La historia demuestra que España obró con el criterio de los tiempos y como dice Octavio Paz, no se puede reducir la historia al tamaño de nuestros rencores. Fue un país intolerante y fanático en una época en que todos los países de Europa eran intolerantes y fanáticos, quemaron herejes cuando los quemaban en Francia, cuando en Alemania se perseguían unos a otros en nombre de la libertad de conciencia, cuando Lutero azuzaba a los nobles contra los campesinos sublevados, cuando Calvino condenaba a Servet a la hoguera por la herejía de adelantarse a Harvey y preanunciar la circulación de la sangre, quemaron a las brujas cuando todos sin excepción creían en los sortilegios y maleficios, desde Lutero a Felipe II, pero al menos no imponían su criterio –y su dominio- en nombre de una libertad de pensamiento que era un sarcasmo.


Es un hecho que la derrota de la Armada Invencible, en 1588, produjo un viraje radical en la historia de Occidente, consagrando las instituciones inglesas y degradando las españolas por los siguientes 500 años. Junto a los arrecifes ingleses naufragaron no solo las naves de Felipe II sino toda una Weltanschauung. Maltrechos los conceptos religiosos, personales y sociales de la vida a la manera de los españoles, era natural que todavía en el siglo XIX se hablara en Estados Unidos de la “unión perversa de tres plagas” para cargar el acento sobre la Iglesia Católica, “autora de la masacre de los inofensivos albigenses, de la matanza de San Bartolomé y de la destrucción de los inofensivos naturales de la América del Sur”, victimas del fanatismo y la crueldad. No sin razón decía Vasconcelos que la derrota de México ante los Estados Unidos era en cierto modo la continuación de la de la Armada Invencible y Trafalgar. Se le reclamaba a esa España medieval que acababa de acceder a su unidad en medio de una intolerante lucha religiosa a que prácticamente organizara una democracia parlamentaria. Es el viejo y siempre reincidente mal del anacronismo.
La codicia generó la aventura ultramarina, la misma que impulsa todas las expansiones geográficas – incluida la de los grandes “imperios” americanos – pero fueron Drake y Raleigh los que robaron el oro de Indias para fundar bancos y sentar las bases del mercantilismo capitalista. En cambio, las apetencias de los déspotas precolombinos apuntaban a los tributos en especie, exigidos mediante una coacción brutal, y cautivos para sus espeluznantes ritos.
En su obra “Caníbales y Reyes”, el antropólogo Marvin Harris, insospechable de hispanismo, dice categóricamente:
“Como carniceros metódicos y bien entrenados en el campo de batalla y como ciudadanos de la tierra de la Inquisición, Cortés y sus hombres, que llegaron a América en 1519, estaban acostumbrados a las muestras de crueldad ya los derramamientos de sangre. El hecho que los aztecas sacrificaran metódicamente seres humanos no debió sorprenderle demasiado, puesto que los españoles y otros europeos quebraban metódicamente los huesos de las personas en el potro, arrancaban brazos y piernas en luchas de la cuerda entre caballos y se libraban de las mujeres acusadas de brujería quemándolas en la hoguera. Pero no estaban totalmente preparados para lo que encontraron en México. En ningún otro lugar del mundo se había desarrollado una religión patrocinada por el estado, cuyo arte, arquitectura y ritual estuvieran tan profundamente dominados por la violencia, la corrupción, la muerte y la enfermedad. En ningún otro sitio los muros y las plazas de los grandes templos y los palacios, estaban reservados para una exhibición tan concentrada de mandíbulas, colmillos, manos, garras, huesos y cráneos boquiabiertos. Los testimonios oculares de Cortés y su compañero conquistador Bernal Díaz, no dejan dudas con respecto al significado eclesiástico de los espantosos semblantes representados en piedra. Los dioses aztecas devoraban seres humanos. Comían corazones humanos y bebían sangre humana. Y la función explícita del clero azteca consistía en suministrar corazones y sangre humana frescos a fin de evitar que las implacables deidades se enfurecieran y mutilaran, enfermaran, aplastaran y quemaran a todo el mundo”.


Solo en 1486, Auitzótl, “tlatoani” del Anahuac le arrancó el corazón palpitante a veinte mil prisioneros como ofrenda al templo de Huitzilopochtli. Las víctimas todavía no tenían la fortuna de contar con los periodistas de Telam para defenderse. Ni cuando Atahualpa se hartó de degollar, ahorcar y exterminar a los prosélitos de su hermano Huáscar (legítimo heredero del estado Inca, por lo que Atahualpa era un usurpador similar a Pizarro), ni tampoco cuando Rumiñavi enterró vivas a todas las escogidas de un convento inca de Quito. Mientras los caciques del valle de Bogotá se construían sus casas hundiendo en el suelo para cimiento de sus pilares cuatro doncellas vivas, el indigenismo no denunciaba y Víctor Heredia no cantaba. Enumerar las prácticas inhumanas tanto religiosas como administrativas de las teocracias precolombinas excedería las páginas de este diario.
Pero como de historia “escriben o hablan los ciudadanos”, tal como dijo en su momento Martín Granovsky, a la sazón director de TELAM, el periodismo lo puede ejercer los jugadores de bochas y plantear alegremente lo que el indigenismo condena: la amputación de la historia. Así, en esta concepción estática de “cinco siglos igual” donde todo se confunde, se amontona indistintamente las plantaciones esclavistas con las misiones jesuíticas, Juan Manuel de Rosas con Julio A. Roca, el positivismo y el darwinismo con las doctrinas de Suárez y Vitoria, los bandeirantes con los evangelizadores, el pirata Morgan con Vasco de Quiroga, el Perito Moreno con Julio Popper, el descubrimiento de América con la invasión angloamericana a Méjico y se calcula, a ojo de buen cubero, la mortandad en territorios donde no existían los censos.
En su empeño por demostrar que los españoles habían masacrado la población indígena, el padre Las Casas aseguraba (en su Brevísima Relación de la Destrucción de la Indias) que en 1492 había en Cuba no menos de 200.000 habitantes aborígenes. Otra estimación contemporánea más extravagante todavía, sostiene que en 1511 había en Cuba 1.000.000 de indios, y apenas 14.000 seis años mas tarde. Y en esa misma perspectiva de “Leyenda Negra, un autor español del siglo XVIII, Antonio de Ulloa, estima que para el momento del descubrimiento la población de América ha debido alcanzar 120.000.000 de habitantes. Según estas cifras, América habría tenido a fines del siglo XV más de la cuarta parte de la población mundial. Latinoamérica no habría recuperado su densidad demográfica precolombina hasta bien entrado el siglo XX, y desde luego, la porción más importante de tan estupenda población habría integrado los imperios Inca y Azteca.
Humboldt, el “verdadero descubridor de América”, uno de los primeros espíritus científicos que se inclinó sobre la realidad global hispanoamericana, hizo a este respecto la reflexión de que la población de la isla Otaheite (en el archipiélago Hawai) fue estimada por el capitán Cooke (su descubridor en el siglo XVIII) en 100.000 individuos, pero en la mitad de esa cifra por los misioneros arribados posteriormente, en 16.000 por otro marino, y en apenas 5.000 por todavía otro observador directo. Y esto, que sucedió con relación a una pequeña isla en el siglo XVIII hacía con mucho dudar a Humboldt (en los primeros años del siglo XIX) sobre las cifras inmensas propuestas en el siglo XVI para el vasto e inexplorado territorio de América.
Montaigne se lamentaba que la conquista de América no la hubieran hecho los griegos o los romanos: la contienda hubiera sido mucho más pareja. Pero la supuesta superioridad tecnológica en el momento del enfrentamiento (indudable, pero no determinante) es otra de las deformaciones de la “Historia oficial” que los críticos actuales del Descubrimiento dicen amonestar. Pasado el primer estremecimiento, Moctezuma envió los trozos de un caballo descuartizado a los cuatro confines del Imperio, para que sus súbditos conocieran la existencia de una nueva bestia. La pólvora y las armas de fuego eran poco eficaces frente a un bosque de espadas erizadas con fragmentos de obsidiana. Lo que no se destaca o deliberadamente se oculta, es la habilidad política, más que militar de Cortes y sus oficiales para establecer amplios marcos de alianzas con las comunidades hostiles al dominio azteca. El hierro y la pólvora del Renacimiento hubieran sido impotentes frente a los ejércitos mexicanos, de no haber sido por los tlaxcaltecas, texcocotecas, cholultecas, xochimilcatecas, otomíes y otros. Hablar de la indianidad como una comunidad homogénea es tan irreal como plantear la existencia de malvones y geranios en los jardines de Marte. La que después sería la “muy noble y muy leal ciudad de Tlaxcala” aportó miles de hombres que formaron el grueso de la infantería y tripularon las canoas que cubrían el avance de los bergantines a través de la laguna de México. La conquista de México no fue tanto una conquista, como el resultado de una revuelta de las poblaciones sometidas. El equipo militar y la táctica española ganaron la batalla, pero la logística la aportaron los indios.
La conquista de México no existió porque México no existía. Esta nación es una creación de España como todas sus hermanas de Iberoamérica y la Malinche no traicionó a nadie porque había sido esclava. Tan solo tenía odio. Se odiaban los mayas, los mexicanos, los zapotecas, los tlaxcaltecas y los otomíes que vivían haciéndose la guerra. Se odiaban las tribus y aún los barrios, combatiéndose despiadadamente, como ocurría entre la misma familia de los mayas. En los últimos días del sitio de Tenochtitlan, dicen las crónicas, los españoles, horrorizados del odio que habían desencadenado, tuvieron que defender a sus enemigos los aztecas de la ferocidad de sus propios aliados.
Ejemplos de heroísmo del indio americano ante el avance español sobran, y son conmovedores, como también el sacrificio de Numancia y la resistencia de celtas e íberos ante la dominación romana. Pero a nadie se le ocurre dinamitar acueductos, cambiar la toponimia o pintarrajear monumentos. Séneca se hizo universal gracias a Roma y el Inca Gracilazo gracias a España.



El hecho de discutir el derecho de conquista o de intervención en el siglo XVI como si se tratara de hechos actuales es un atentado contra lo que se podría denominar el orden de contexto. El rechazo a la primacía de la fuerza no se habría podido producir en ninguna cultura precolombina pues allí el individuo no tenía mas identidad que la de su colectividad y carecía de derechos para defenderse de ésta. Con los años se difundió la idea de que en el momento de su encuentro con los europeos la sociedad inca era una especie de “estado de bienestar”, un welfare state incaico, algunos incluso hablan de un “estado socialista” ¿Cómo pudo ser socialista una sociedad precapitalista? Un eminente erudito del Perú antiguo, John H. Rowe, destaca que:
“Los mismos gobernantes reconocían que la preocupación paternalista por el bienestar material de sus súbditos no era otra cosa que un egoísmo ilustrado (...) El gobierno protegía al individuo de toda clase de necesidades y exigía, a su vez, pesado tributo” La opinión de los linajes reales del Cuzco, de que el campesino era haragán, elusivo y poco digno de confianza y que la única manera de tratarlo era mantenerlo ocupado con una multitud de tareas, aunque fueran innecesarias (como cargar piedras gigantescas de un extremo al otro del Tawantisuyu) para no dejarlo a merced de su natural indolencia, tuvo oportunidad de verla Pedro Pizarro, sobrino y paje del marqués, quién conocía bien a muchos miembros de la realeza incaica, comenzado por Atahualpa: Decían estos señores(...) que los naturales(...) los hacían trabajar siempre porque así convenía, porque eran haraganes y bellacos y holgazanes”.
Ni el Inca entregaba planes trabajar, ni hubiera admitido piquetes.
Nunca sabremos cuál habría sido la evolución propia de las civilizaciones indígenas sin interferencias extrañas. Tampoco sabremos nunca cual habría sido de la Iberia de Viriato, la Galia de Vercingetorix sin la conquista romana, como tampoco las de las culturas americanas absorbidas por la expansión inca y azteca. Sin embargo, la iniciativa del INADI reitera el consabido latiguillo de la mutilación histórica de la conquista y la subsiguiente aculturación de la evangelización. En cuanto a lo primero, la ucronía (¿Qué hubiera sucedido si...?) puede constituir un interesante ejercicio literario. Plantearse, por ejemplo, si en lugar de aceite hirviendo hubiéramos arrojado pochoclo en las invasiones inglesas o si el coronel Perón, en lugar de retornar el 17 de 0ctubre, se hubiera ahogado camino a Martín García y de esta manera hubiéramos sido otro Canadá, son temas apasionantes para una noche de tragos, pero no es historia. Si en la actualidad se le preguntara a un parisino cuál es la verdadera Francia, si la de los Capeto o la de la Revolución, o a un británico si la Inglaterra sajona es más genuina que la normanda, consideraría el interrogatorio un absurdo, dado que “ab initio” concibe su nación como un continuum. Así como la historia no es un idilio, sino una galería cuyas luces y sombras agrandan o desdibujan los objetos según el prisma ideológico que los refracta, la patria es un concepto poliédrico, no es primario. Es una categoría histórica, experimentada como la “posesión en común de una herencia de recuerdos”. Con esto queremos decir que si gritando en español nos negamos a celebrar la llegada del idioma español a América, borrando nuestro propio perfil, de la misma forma, abjurando de la tradición hispánica como una larga siesta de oscuridad y silencio, negaríamos los fundamentos de nuestra emancipación. Estos se originan en las doctrinas de Francisco Suárez y Francisco de Vitoria, en la fórmula con que los aragoneses juraban a sus Reyes: “Nosotros y cada uno de nosotros, que vale tanto como vos, y que juntos podemos mas que vos, os juramos obediencia si cumplís nuestras leyes y guardáis nuestros privilegios, y si no, no”; en las comunas castellanas – primeros parlamentos europeos que lograron echar raíces e incorporar al tercer estado – y en los textos clásicos estudiados en las Universidades fundadas en América. Poco o nada tuvieron que ver con nosotros las guillotinas de la Revolución Francesa o las pelucas empolvadas de los señores de Virginia. Treinta y nueve años antes de aparecer en Francia el “Contrato Social” de Rosseau, hubo el levantamiento de los comuneros del Paraguay.



Respecto a lo segundo, nos parece ocioso reiterar nuestra opinión acerca de los cultos precolombinos, pero sí destacar que los evangelizadores no solo conservaron vivas lenguas que deberían haber sido sustituidas por el español, sino que se elaboraron gramáticas y diccionarios de los que hasta entonces los nativos estaban desprovistos. Además, no podemos culpar a hombres como Sahagún o Durán por haberse hecho cómplices del colonialismo español. Ellos, ciertamente, contribuyeron a destruir los rasgos supervivientes de las culturas indígenas y paradójicamente se esforzaron en rescatarlas y en fijarlas para siempre. Ya el hecho de mostrar la magnitud y la riqueza de ese legado, suponía un alegato a favor de los indios, si bien tampoco descuidaron su defensa y protección, contraria a los intereses de los encomenderos.
No critico a estos plumíferos por izquierdistas, a fin de cuentas Lenin lo consideraba una enfermedad infantil, simplemente los acuso de ignorantes. Es por demás conocido que Lewis Morgan en “La sociedad primitiva” de 1877, seguido por Engels en “El origen de la familia, la propiedad y el Estado” de 1884 clasificaban a los pueblos precolombinos entre la etapa superior del salvajismo en los comienzos de la Edad del Bronce, cuando todavía se vivía de productos naturales, y el estadio medio de la barbarie cuando surge la agricultura. Las formas estatales de organización social del altiplano sudamericano y la meseta mejicana fueron definidas por Marx como formas de producción asiáticas y es sabido que junto con Engels justificaron en sus obras la conquista y colonización de América como progresista, para no mencionar la conquista de México por Estados Unidos.
Sin embargo, este vanguardismo de pacotilla, de un marxismo interpretado en el Caribe y aprendido con apuntes, que se permite pontificar sobre los regímenes democráticos con un tono entre paternalista y autoritario similar al que nos advertía el Padre Castellani: “¡Hazte libre o te mato!” y que firma con la izquierda pero factura con la derecha, se está quedando sin discurso. Si en algún momento lo tuvo, excepto el recitado por imitación o psitacismo de la demonología política de la Leyenda Negra.
Esta denigración de las naves del Descubrimiento, que según los vientos políticos del momento atracan en los puertos del ditirambo o fondean en las bahías de la diatriba, concluye su largo periplo de 500 años en las escolleras del postmodernismo, donde una pléyade de agónicos y anónimos cagatintas reciben atónitos noticias de la caída del Muro y del derrumbe de las Torres Gemelas. Bajo sus escombros yacen por igual el dogmatismo marxista y el neoliberalismo plutocrático, el nuevo orden mundial y el fin de la historia. Es que las utopías dogmáticas sólo pueden desarrollarse en el terreno de la metafísica, o aún el pensamiento religioso, pero no dentro de las ciencias sociales. La intolerancia es la gran derrotada, la entronización como dogma de ciertas verdades no demostradas es lo que una vez más ha mostrado su peligrosa capacidad de daño.
Ante la desaparición de las certezas y los “grandes relatos”, que regimentaban su pensamiento, muchos escribas a sueldo y tribunos de la Suburra, no pudieron absorber el cambio de la historia y encontraron en el 12 de 0ctubre un inesperado ámbito para replantearse sus nostalgias e ideas envejecidas. En vez de reconciliarse con la historia, le piden cuentas. Así están.

Julio María Sanguinetti, fraterno ex presidente del Uruguay y escritor de fuste, lo dijo claramente:“Se hace ideología con lo que son hechos, como si fueran contemporáneos, se les interpreta anacrónicamente y lo que es peor, nos abocamos a juzgar historia, situados para esa magistral función por encima de nuestros antepasados. Esta arrogancia elude así la impostergable tarea de cumplir nuestro propio destino, ser hombres de nuestro tiempo y no polizontes de la historia, flotando en un limbo en que renunciamos a edificar hoy, en nombre de nuestro rechazo a un lejano pasado que está irrenunciablemente en nosotros como experiencia ya vivida”.
Ahora, en tren de ser originales, han inventado un nuevo rótulo: “Pueblos originales”, con el cual intentan desplazar al término supuestamente peyorativo “aborigen”(desde el origen). ¿Originarios de donde? ¿De Siberia? ¿O acaso tiene vigencia la teoría autoctonista de Ameghino?. Todos, en las Américas, llegamos de otra parte, desde los primeros hombres y mujeres que cruzaron el estrecho de Behring hace 30.000 años, hasta los contingentes de inmigrantes del pasado siglo.
De la misma forma que la historia no niega a Roma por el sistema esclavista, la crucifixión del nazareno y la persecución de sus seguidores, renegar del idioma, la fe y las instituciones hispánicas en pos de un imposible retorno a un inexistente paraíso perdido, significa fragmentar aún mas la anhelada unidad latinoamericana y jugar a favor de los intereses que un progresismo de cotillon dice combatir. Así lo entendía el mestizo Rubén Darío y los intelectuales del Modernismo, así lo entendieron también los dos más grandes caudillos populares argentinos del siglo XX: Hipólito Irigoyen y Juan D. Perón; siendo el primero quien el 4/10/1917 instituyó por decreto el 12 de octubre como el Día de la Raza y el segundo quien integró “el subsuelo de la Patria sublevado” a la historia contemporánea.
Nadie “festeja”, como aviesamente denuncian bachilleres consagrados en fiscales de la historia, pues ni todo de lo que se adquirió es digno de festejarse, ni todo lo que se perdió es digno de lamentarse. El 12 de octubre se conmemora, como conmemoro la batalla de Obligado y la gesta de Malvinas y no soy de la clase de persona a la que le agradan las palizas. Se conmemora que Europa descubra a América y que América descubra a Europa y a sí misma, porque sus poblaciones no tenían conciencia de integrar un espacio común y mucho menos de ser un continente y una misma civilización. Decía Octavio Paz que las sociedades americanas sucumbieron ante los europeos no solo por su inferioridad técnica, resultado de su aislamiento, sino por su soledad histórica. No tuvieron nunca, hasta la llegada de los españoles, la experiencia del otro. Esta conciencia, que todos los pueblos del Viejo Mundo tuvieron, resultaba acá inédita. Tenían la experiencia de otros pueblos, con los que luchaban y aún de algunos que consideraban bárbaros, los nómades inferiores, pero no poseían la idea de otras civilizaciones. De aquí que los españoles parecían venidos de otro mundo, con todo lo que ello implica: temor para los dominadores y promesa de liberación para los que se sentían sojuzgados.
La utopía de 1492 inventó América, porque la sola existencia no hace la conciencia. Se conmemora la primera y profunda reflexión de la humanidad sobre sí misma y el despegue planetario que, como dice Pierre Chaunu, produjo que el mundo dejara de ser mediterráneo para ofrecer una dimensión universal a partir del Atlántico.
A este paso no sería extraño que se proponga suprimir el 9 de julio como el infausto día que perdimos la ciudadanía de la comunidad europea. El Ministro Prat Gay ya lo sugiere
Saaved

jueves, 2 de junio de 2016

No hay tanto que festejar en Mayo amigos. Por Francisco Hotz

No hay tanto que festejar en Mayo amigos


Por Francisco Hotz












EL ANTECEDENTE REAL DE LA SEMANA DE MAYO

El factor determinante de esta semana fue que tras las invasiones inglesas de 1806 y 1807, las costas del Río de La Plata se vieron inundadas de sajones que se afianzaron en Buenos Aires de manos del contrabando y en desmedro del comercio de los nativos. Para darnos una idea, el número de comerciantes ascendió de 47 en 1804 a 2 000 en 1810 – este número debe interpretarse dentro de una densidad poblacional de 60 000 habitantes[1] para la ciudad de Buenos Aires, de manera que el 3.4% de los habitantes de la city porteña eran británicos –. El principal interés de estos comerciantes era, por supuesto, abolir el sistema registralista y monopolista con España, imponer el libre comercio y así dejar de caminar por la cornisa de la ilegalidad o depender de permisos esporádicos.

Recordemos que tras las invasiones inglesas, la economía del Virreinato quedó asolada, las tropas de Beresford robaron todo el metal precioso que sustentaba el comercio interno (hicieron falta 6 carrozas de 8 caballos cada una, con una capacidad de 5 toneladas por carroza para desfilar nuestro erario por las calles de Londres), sin embargo, los historiadores liberales faltarán a la verdad sosteniendo que la economía estaba en crisis por la mala administración de Liniers. ¿Cómo pretendían que gobierne sin metal?

 Tras la huida de Beresford (primera invasión) y luego de John Whitelocke (segunda invasión), cierta minoría burguesa de Buenos Aires quedó “hermanada” con los británicos —como ya vimos— y, como buenos comerciantes, vieron en los invasores la posibilidad de hacer negocios y, a estos fines, les brindaron toda su hospitalidad. También estaban los cobardes, esos nibelungos que trocaron su honor por lástima y que continuarán jugando un rol que por intrascendente fue nefasto en la historia argentina. 

Como sostiene la británica Vera Blinn Reber,

(…) los residentes británicos actuaron como grupo de presión para favorecer sus propios intereses y proteger a sus miembros. La primera comunidad británica de Buenos Aires nació en 1806. Las nuevas oportunidades comerciales que ofrecía la invasión de Popham atrajo individuos de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda.(…) Los miembros de la comunidad británica en Buenos Aires realizaron principalmente servicios comerciales como negociadores, intermediarios, banqueros y agentes marítimos. Una gran cantidad de comercio de importación  y exportación pasó por sus manos. A través de su capital comercial, la experiencia y las conexiones con los británicos, se afianzaron en Buenos Airese influenciaron a la comunidad de Buenos Aires en general (…)[2].

         El estado de situación que se estaba atravesando en España con la invasión francesa derivó en que, para enero de 1809, la Junta Central de Sevilla suscribiera con Inglaterra el tratado “Apodaca-Canning”, por medio del cual Inglaterra daría ayuda militar a España contra Napoleón a cambio de facilidades en el comercio con América.

         Ya desde noviembre de 1808, apoyadas por la escuadra británica de Río, 31 embarcaciones inglesas repletas de mercadería reposaban sobre las costas de Buenos Aires esperando la señal.[3]

         Tras este arreglo nos tocó a nosotros. Un mes después de la firma del tratado, el 11 de febrero, Cisneros es nombrado Virrey por la Junta de Sevilla, y llegará a Buenos Aires casi cinco meses después, el 30 de julio de 1809 tras caer prisionero de los ingleses en Trafalgar. Frente a él, el 16 de agosto, se presentarán  Dillon y Thwaites, de la firma John Dillon y Cía., con una solicitud de apenas dos carillas en la que requerían al virrey que les permitiera comerciar los productos que tenían en su buque por única vez.

Resulta envidiable ver como desde el Parlamento, cada movimiento de piezas es correspondido por otro, ejemplo de esto es lo dicho por Dillon y Thwaites al virrey Cisneros:

“pues esa plaza  —por Brasil—  estaba tan abastecida de toda clase de géneros, que algunos bastimentos no habían podido evacuar la menor parte de ellos; y se tuvo por positivo de que se habían abierto y franqueado, o iba a verificarse pronto al comercio inglés los puertos españoles”.[4]

Esta solicitud derivó en la formación de un expediente tras la consulta al Cabildo, al Consulado, al representante de los comerciantes de Cádiz, y al de los hacendados, Mariano Moreno con su “representación de los hacendados”. El Virrey sabía que el tratado Apodaca-Canning aún no estaba reglamentado y esto fue lo que lo motivó a formar el expediente y hacer la consulta.

Como enseña Rosa[5] citando a Molinari, en el expediente de 1809 pueden verse dos posturas: la de Yáñiz  —síndico del Consulado—, y Miguel Fernández de Agüero —apoderado de los comerciantes de Cádiz— ambos favorables al antiguo sistema protector; y la de Mariano Moreno a favor del librecambio, cuya posición será plasmada en laRepresentación de los Hacendados.[6]

Sigue anotando Rosa que durante el debate, Yáñiz y Agüero defendieron con razones de experiencia y de sana lógica a la economía vernácula, mientras que Moreno, apelando a su doctrina de acopio de citas y erudición, mostraba absoluto desconocimiento de la amenaza que el industrialismo maquinista inglés representaba para la economía del Virreinato. Así lo expresaba Yañiz:

Sería temeridad equilibrar la industria americana con la inglesa; estos audaces maquinistas nos han traído ya ponchos que es un principal ramo de la industria cordobesa y santiagueña, estribos de palo dados vuelta a uso del país, sus lanas y algodones que a más de ser superiores a nuestros pañetes, zapallangos, bayetones y lienzos de Cochamba, los pueden dar más baratos, y por consiguiente arruinar enteramente nuestras fábricas y reducir a la indigencia a una multitud innumerable de hombres y mujeres que se mantienen con sus hilados y tejidos (…) Es un error creer que la baratura sea benéfica a la Patria; no lo es efectivamente cuando procede de la ruina del comercio (industria), y la razón clara: porque cuando no florece ésta, cesan las obras, y en falta de éstas se suspenden los jornales; y por lo mismo, ¿qué se adelantará con que no cueste más que dos lo que antes valía cuatro, si no se gana más que uno?[7]

Por su parte, Agüero daba una lección de conocimiento político y económico, su postura estaba apoyada en su experiencia, observación y  sobre todo en su convicción de que el libre comercio conllevaría a la segregación de las provincias que componen el Virreinato, decía lo siguiente:

Las artes, la industria, y aun la agricultura misma en estos dominios llegarían al último grado de desprecio y abandono; muchas de nuestras provincias se arruinarían necesariamente, resultando acaso de aquí desunión y rivalidad entre ellas (…) ¿Qué será de la Provincia de Cochabamba si se abarrotan estas ciudades de toda clase de efectos ingleses? (…) ¿Qué será de Córdoba, Santiago del Estero y Salta? No dejarán de hacer contratos de picote, bayeta, pañete y frazadas, semejantes y acaso mejores que los que se trabajan en las provincias referidas, por la cuarta parte del precio que en ellas tienen (…) Con esto lograrán para su comercio la grande ventaja de arruinar para siempre nuestras groseras fábricas y dar de esta suerte más extensión al consumo de sus manufacturas, que nos darán después al precio que quieran, cuando no tengamos nosotros dónde vestirnos.[8]

 En definitiva, lo que parecía ser una tutela de los intereses de los comerciantes de Cádiz, fue a la postre un tremendo vaticinio y alegato en pos de la defensa del interés criollo.

Moreno, por su parte, vivía en su quimera intelectual —pero económicamente rentable—, en su Representación de los Hacendados sostenía básicamente tres premisas para sustentar su posición: 1) existía una “Razón de Estado” que le permitía al virrey violar la prohibición española de comerciar con extranjeros, 2) que la libertad de comercio abriría una fuente inagotable de retornos y 3) que no hay nada más ventajoso para una provincia que la abundancia de efectos que no produce, pues envilecidos entonces bajan de precio.[9]  Manifestaba Moreno en su alegato:

En tan triste situación no se presentó otro arbitrio que el otorgamiento de un permiso a los mercaderes ingleses, para que introduciendo en esta ciudad sus negociaciones, puedan exportar los frutos del país (…). Los que creen la abundancia de efectos extranjeros como un mal para el país, ignoran seguramente los primeros principios de la economía de los estados. Nada es más ventajoso para una provincia que la suma abundancia de los efectos que ella no produce, pues envilecidos entonces bajan de precio, resultando una baratura útil al consumidor y que solamente puede perjudicar a los introductores —esto se estudia hoy en día como dumping. Que una excesiva introducción de paños ingleses hiciese abundar este renglón, a términos de no poderse consumir en mucho tiempo; ¿qué resultaría de aquí? El comercio buscaría el equilibrio de la circulación por otros ramos, (…) ¿podría nadie dudar de que sea conveniente al país que sus habitantes compren por tres pesos un paño que antes valía ocho, o que se hagan dos pares de calzones con el dinero que antes costeaba un solo par?A la conveniencia de introducir efectos extranjeros acompaña en igual grado la que recibirá el país por la exportación de sus frutos. (…) Estas campañas producen anualmente un millón de cueros sin las demás pieles, granos, y sebo, que son tan apreciables al comerciante extranjero (…) A la libertad de exportar sucederá un giro rápido, que poniendo en movimiento los frutos estancados hará entrar en valor los nuevos productos, y aumentándose las labores por las ventajosas ganancias que la concurrencia de extractores debe proporcionar, florecerá la agricultura y resaltará la circulación consiguiente a la riqueza del gremio, que sostiene el giro principal y privativo de la provincia. ¿Quién no ha visto el nuevo vigor que toma la labranza, cuando después de larga guerra sucede una paz que facilita la exportación impedida antes por el temor del enemigo?

Por lo expuesto solicitaba al virrey, entre otros seis artículos más: “Primera: Que la admisión del franco comercio se extienda al determinado término de dos años, reservando su continuación al juicio soberano de la Primera Junta con arreglo al resultado del nuevo plan. (¿DE QUÉ JUNTA HABLA? LA PRIMERA JUNTA SE FORMÓ EL 24 DE MAYO DE 1810 Y ¿QUÉ PLAN?, EL PLAN DE OPERACIONES ATRIBUIDO A MORENO SE ENCARGÓ EN JULIO DE 1810, ESTO OCURRE UN AÑO ANTES, ¿O YA ESTABA TODO PLANEADO?)

         Evidencia Moreno de esta forma un desconocimiento de la parte que los fisiócratas o Adam Smith no cuentan de la novela ni de cómo funciona la economía capitalista. Esto al grado tal que respondía a aquellos que se negaban al libre comercio alegando que nos dejarían sin metales como reserva de valor en los siguientes términos:

Los extranjeros nos llevarán la plata: esto es lo mismo que decir nos llevarán los cueros, el sebo, la lana, la crin, y demás producciones de esta Provincia: la plata es un fruto igual á los demás, está sujeto á las mismas variaciones, y la alteración de su valor proporcionalmente á su escasez ó abundancia, sostiene en ambos casos la reciprocidad de los cambios, subrogando equivalentes del número, que en sí mismo no es de uso ventajoso para el comercio (…) La plata no es riqueza, pues es compatible con los males y apuros de una extremada miseria; ella no es más que un signo de convención con que se representan todas las especies comerciables (…) Estos son principios elementales de la ciencia económica, y ellos garantéan al país de los abultados males que se quieren derivar de la saca de dinero (…).

O Moreno sabía que dentro de los planes británicos estaba crear un banco privado para extraer toda la plata y el oro que no había sido robado durante las invasiones —como veremos en breve—, razonamiento que lo convierte en un agente inglés ilustrado condenándolo definitivamente como un cipayo, o realmente era un intelectualoide que no tenía la más pálida idea de qué era lo que profesaba y compraba la idea de un país desarrollado como Inglaterra, pero se olvidaba que para eso había que hacer todo lo contrario, como EE.UU, evidenciando que jamás tuvo conocimiento de que en la naciente potencia del norte había un hombre de su edad pero con muchas más luces –o patriota– como Hamilton.

Ciertamente, lo más grave no era que Moreno "desconociera" el pensamiento y la acción de Alexander Hamilton sino que, soberbiamente, se considerara a sí mismo como un gran intelectual al tanto de todas las novedades del mundo cuando, en realidad, era comple-tamente ignorante del único pensamiento que podría haber sido de gran utilidad para su tierra natal y para su amado pueblo. Conviene recordar que a comienzos del siglo xix las noticias viajaban con len-titud, pero que Moreno había tenido diez años para enterarse del exitoso programa económico que, basado en el proteccionismo, había aplicado Hamilton en Estados Unidos.[10]

¿Si para Moreno la plata era un bien más, ¿por qué Beresford no se llevó un par de cueros en vez de llenar seis carrozas con oro y plata? Para nosotros, que ya hemos revisado a la escuela de Cobden y también hemos leído las propias palabras de las cabezas del Foreign Office, no puede catequizarnos con tan floridos enunciados. 


         También cabe preguntarse si Cisneros tenía conocimiento de antemano de lo que ¿debía? hacer, de lo contrario no se explica que Moreno, en 1809, le  enuncie que tras los dos años de permiso comercial se prestaría a lo que la “junta “y el “nuevo plan” determinen. Nadie está exento de ignorancia, mas no conocemos junta o plan alguno anterior a mayo de 1810.

Francisco Hotz.

[1] Archivo General de la Nación, Padrones de Buenos Aires, Ciudad y Campaña, 1810-1811. Signatura: IX-10-7-1.

[2] Vera Blinn Reber British Mercantile Houses in Buenos Aires, 1810-1880. Harvard University, 1979. Pág. 41. Traducción del autor.

[3] Ver Marcelo Gullo La historia oculta. La lucha del pueblo argentino por su independencia del imperio inglés. Biblos, 2013.

[4] Petitorio de Dillon y Thwaites al virrey Cisneros. En Molinari “La representación de los hacendados de Mariano Moreno”. Citado en José María Rosa Defensa y Perdida de nuestra independencia económica. Huemul, 1974.

[5] Ibídem.

[6] Cuya suscripción fue hecha por el procurador José de La Rosa, dada la incompatibilidad de Moreno por ser funcionario público.

[7] Ibídem.

[8] Ibídem.

[9] Ver Vicente Massot Las ideas de esos hombres: De Moreno a Perón. Sudamericana. 2007. 

[10] Marcelo Gullo La historia oculta. La lucha del pueblo argentino por su independencia del imperio inglés. Op. Cit. pág. 99

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